Año 2018, dos investigadores deciden hacer algo bastante poco intuitivo con un antiguo pastizal ganadero del sur de Costa Rica: cubrirlo con unos 30 camiones cargados de pulpa de café. No plantaron miles de árboles ni removieron el terreno con maquinaria. Simplemente extendieron sobre una parcela degradada una capa de aproximadamente medio metro de aquel residuo húmedo y maloliente de la industria cafetera, mientras dejaban otra parcela contigua exactamente como estaba.
Dos años después, la diferencia era difícil de creer.
En Xataka En 1997, cubrieron un páramo de Costa Rica con 12.000 toneladas de cáscaras de naranja. 16 años después nadie reconocía el paisaje El problema estaba en la hierba. Al parecer, el terreno llevaba años explotándose para cultivar café o alimentar ganado antes de ser abandonado a su suerte, pero dejar de utilizarlo no significó que el bosque tropical regresara. El lugar había quedado dominado por gramíneas invasoras, especialmente una especie africana utilizada como pasto capaz de alcanzar unos cinco metros de altura.
Así, sin animales que la mantuvieran a raya, esta especie formaba una barrera extraordinariamente eficaz contra la regeneración, una que competía por la luz y los nutrientes e impedía que las semillas de árboles nativos consiguieran establecerse. Dicho de otra forma, el bosque (ahora páramo) podía necesitar fácilmente décadas para recuperar el espacio por sí solo.
El paisaje antes de la llegada de la pulpa de café La pulpa tenía una sorpresa. Porque la clave del experimento no consistía simplemente en echar abono. Los ecólogos Rebecca Cole y Rakan Zahawi, investigadores vinculados a la Universidad de Hawái en Mānoa, extendieron una capa extraordinariamente gruesa de pulpa durante la estación seca. Al descomponerse, aquella masa rica en carbohidratos y proteínas generó calor y dejó las gramíneas enterradas sin luz ni aire: según Zahawi, las raíces y rizomas acabaron prácticamente "cocinándose" bajo ella.
Después ocurrió la segunda parte del proceso. Los restos de las hierbas se mezclaron con la pulpa en descomposición y el suelo aumentó su contenido en carbono, nitrógeno y fósforo, creando unas condiciones radicalmente distintas para las plantas que llegaran después.
El paisaje durante el proceso con el café Y la naturaleza hizo el resto. Una vez eliminada la barrera de hierba invasora, los investigadores no necesitaron plantar el nuevo bosque árbol por árbol. El viento y los animales llevaron semillas desde la vegetación cercana, mientras insectos y aves empezaron a frecuentar el terreno.
Al cabo de dos años, no podían creer lo que veían. La densidad de tallos leñosos era unas 20 veces mayor que en la parcela de control, el área basal leñosa unas 30 veces superior y la altura media del dosel se había multiplicado aproximadamente por cuatro. De hecho, algunos árboles jóvenes rondaban ya los 4,5 metros. Cole había pensado inicialmente que el experimento quizá solo produciría una zona de hierba algo más verde, pero lo que encontró fueron los primeros pasos de una nueva selva tropical.
El paisaje dos años después. A la izquierda la parcela con el café, a la derecha la parcela sin tratamiento donde predominan las gramíneas invasoras
Imagen aérea de dron que muestra el área donde se arrojó la pulpa de café (izquierda) y la parcela de control (derecha) después de dos años Lo que sobra de nuestro café. La idea tiene además una segunda parte: la materia utilizada para conseguirlo era un problema en sí misma. El grano que termina en una taza es la semilla de la cereza del café, y durante su procesamiento hay que retirar piel, pulpa y otras partes del fruto. Hasta aproximadamente la mitad del peso cosechado puede terminar como subproducto en las plantas de procesamiento, donde gestionarlo y compostarlo cuesta dinero.
Los investigadores obtuvieron gratuitamente la pulpa y prácticamente su principal gasto consistió en contratar los camiones para transportarla. Convertir un residuo agrícola abundante en una herramienta para recuperar tierras degradadas planteaba así una especie de intercambio perfecto: menos residuos para los productores y una regeneración potencialmente mucho más rápida para el bosque.
En Xataka Brasil lleva casi dos siglos buscando una solución para la sequía. Su respuesta es un río de hormigón de 145 kilómetros No basta con cubrir todo de café. Qué duda cabe, el resultado fue espectacular, pero los propios investigadores insisten en que aquel experimento, aunque asombroso, era pequeño y no demuestra que la receta pueda repetirse sin más en cualquier lugar. Una acumulación semejante de pulpa huele, atrae insectos y contiene grandes cantidades de nutrientes que podrían contaminar ríos y lagos si alcanzasen el agua. No solo eso, también importa aplicarla en terrenos adecuados y durante una estación seca que permita que la capa actúe sobre las gramíneas.
De hecho, en otros ecosistemas podría incluso favorecer plantas invasoras en lugar de especies autóctonas. Quizás por ello, lo extraordinario del experimento en Costa Rica no fue tanto descubrir un fertilizante milagroso, sino comprobar hasta qué punto puede cambiar un paisaje cuando se elimina el obstáculo que impedía recuperarse: en 2018 descargaron 30 camiones de residuos de café sobre un pastizal degradado y, apenas dos años después, aquel terreno abierto estaba cubierto en más de un 80% por las copas de un bosque que había empezado a reconstruirse prácticamente solo.
En la parcela sin café, la cobertura apenas alcanzaba el 20%.
Imagen | Rebecca Cole
- La noticia En 2018, cubrieron un páramo de Costa de Rica con 30 camiones cargados de café. Dos años después, el paisaje era irreconocible fue publicada originalmente en Xataka por Miguel Jorge .



