En la Antigua Roma un hombre bebía agua durante sus campañas contra los cartagineses cuando podía beber el mejor vino. Caminaba descalzo pudiendo calzar las mejores sandalias de Roma, y cuando alguien le ofrecía plata o marfil para decorar su casa, él lo rechazaba con desprecio.
Ese hombre, austero por convicción más que por penurias económicas, llegó a ser uno de los políticos más poderosos de la República. Se llamaba Marco Porcio Catón, aunque a pasado a la historia como Catón el Viejo.
Catón el Viejo convirtió su rechazo al lujo en bandera política, persiguiendo con obsesión cualquier signo de riqueza que envileciera la identidad tradicional romana. Tal fue su empeño, que acabó gravando esa riqueza con un impuesto del 1.000% en pos de la prioridad romana.
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Catón nació en Tusculum (actual provincia de Roma) en el año 234 a.C. Vino al mundo en una familia plebeya, lejos de la opulencia de las familias patricias que mandaban en Roma. Era lo que los romanos denominaban un homo novus: alguien sin apellidos ilustres detrás que había alcanzado cierta relevancia social o política. Hoy sería el equivalente a que nosotros conocemos como "una persona hecha a sí misma".
Durante buena parte de su vida trabajó la tierra con sus propias manos y aprendió a hablar en público defendiendo a sus vecinos. Un patricio llamado Lucio Valerio Flaco vio su talento y lo llevó a Roma.
Catón subió uno a uno cada peldaño del cursus honorum, la carrera política romana, hasta llegar a convertirse en cónsul en el año 195 a.C. Desde ese cargo empezó a chocar con los generales romanos que volvían de la Segunda Guerra Púnica contra Cartago cargados de oro y esclavos griegos.
En el 184 a.C, Catón ya había ascendido a censor, un cargo que se ocupaba de la supervisión de la moralidad pública y de ciertos aspectos de las finanzas de Roma. Desde ese puesto, el nuevo magistrado se enrocó en posiciones tradicionales romanas, considerando que toda riqueza atentaba contra los valores que habían llevado a Roma a convertirse en una potencia del Mediterráneo.
El oro de Oriente puso a Roma patas arriba
Tras vencer a Macedonia, Roma se llenó con la riqueza obtenida de los botines de guerra. De hecho, las riquezas saqueadas por las tropas de Roma durante la Tercera Guerra Macedónica de 168 a.C llegó a unos niveles, que en el año 167 a.C. el Estado dejó de cobrar impuestos directos a sus ciudadanos, tal y como recoge la revista Archaeology.
El Rey Perseo ante Lucio Emilio Paolo tras una de las batallas de las Guerras Macedónicas Junto al oro también llegaron estatuas griegas lujosamente decoradas y esclavos muy bien formados que trabajarían como cocineros y músicos en las grandes casas de los patricios romanos. Esos esclavos cultos procedentes de tierras griegas pronto comenzarían a instruir a los hijos de las familias romanas.
Catón veía en todo eso una amenaza directa contra las tradiciones de su país. Llegó a escribir a su hijo que los griegos eran "gentes sin valor e ingobernables", como recogía Rob Goodman en su libro 'El último ciudadano de Roma: La vida y el legado de Catón, enemigo mortal de César'. El censor romano pensaba que el lujo oriental debilitaba la esencia del espíritu campesino y guerrero que había hecho grande a Roma.
En Xataka Bañarse en Roma no era una prioridad. Hasta que las élites del Imperio descubrieron el lujo de las Termas de Trajano Multas, expulsiones y un impuesto del 1.000% al lujo
Como censor romano, el papel de Caton el Viejo era preservar el mos maiorum, los valores tradicionales romanos, algo que por su cuenta ya había hecho con vehemencia mucho tiempo antes de su nombramiento. Digamos que el cargo le vino como anillo al dedo.
Pero ahora, con su cargo, podía expulsar del Senado a quien no la cumpliera. Catón expulsó a un senador por besar a su mujer delante de su hija, expulsó a Lucio Quincio Flaminino, hermano del gran general Tito, por matar a un prisionero con su espada solo para impresionar a un invitado en un banquete.
Tal y como detalla TheCollector, su golpe más duro no fue militar, sino fiscal. Impuso una tasa del 1.000% sobre joyas, carruajes de lujo y ropa teñida. El gusto por el lujo y, sobre todo, la ostentación, podía interpretarse como un vicio dañino para la virtud romana que debía ser aniquilado.
La riqueza empezó a entrar a raudales en Roma Según el testimonio escrito dejado por Plutarco, "mandó tasar toda la ropa, los carruajes, las joyas, los muebles y la vajilla, cuyo valor en cualquier caso superaba los mil quinientos dracmas, a diez veces su valor, queriendo, mediante tasaciones mayores, aumentar también los impuestos de sus propietarios".
Su intención con esta medida también quedaba recogida en el capítulo que Plutarco dedica a Catón el Viejo: " […] para que tales propietarios, agobiados por sus cargas, y viendo que personas de igual riqueza que llevaban vidas modestas y sencillas pagaban menos al tesoro público, desistieran de su extravagancia".
No les fue mal, con el dinero recaudado por los ricos que querían seguir haciendo ostentación, se repararon acueductos y ampliaron el alcantarillado, mejorando la vida del conjunto de los ciudadanos romanos.
El deportista que más dinero ha ganado en la historia no es Messi ni Ronaldo: es Cayo Apuleyo Diocles, auriga romanoCatón no pedía lo que él mismo no cumplía. En campaña bebía casi solo agua, y recurría al vinagre cuando la sed apretaba, según recoge el blog Mensajera de la Historia. En su propia casa rechazaba la vajilla de oro y plata que estaba de moda entre las familias romanas ricas.
Catón creía que la riqueza ostentosa corrompía el carácter y así lo recogía Plutarco en su crónica 'Vidas Paralelas': "Nos dice que nunca usó ropa que valiera más de cien dracmas; que bebía, incluso cuando era pretor o cónsul, el mismo vino que sus esclavos".
Su cruzada contra el lujo fracasó con el paso del tiempo decayendo los impuestos y sanciones instaurados por Catón. Roma siguió helenizándose y los palacios de mármol ricamente decorados se multiplicaron por la ciudad. Roma finalmente sucumbió a la ostentación y el lujo.
Imagen | Leo-seta, Wikimedia commons, Magnific
- La noticia El político más temido de Roma declaró la guerra al lujo. Llegó a imponer impuestos del 1.000% por una razón: prioridad romana fue publicada originalmente en Xataka por Rubén Andrés .



