Sobre la superficie, una flota de barcos puede contarse, fotografiarse y seguirse casi en tiempo real. Bajo el agua, en cambio, las reglas cambian: el objetivo desaparece de la vista, el sonido se deforma y cada contacto puede ser una pista válida o una falsa alarma. Por eso, la guerra antisubmarina sigue siendo una de las tareas más exigentes de cualquier Armada. China lo sabe bien y está ampliando su respuesta para vigilar un espacio donde el tamaño de sus fuerzas no basta por sí solo.
Un avión entra en escena. La respuesta que China ha comenzado a mostrar desde el aire es una variante mejorada de su avión antisubmarino Y-9, vista ahora por primera vez en unas maniobras. La aeronave había aparecido públicamente en el desfile del 3 de septiembre de 2025, pero las nuevas imágenes oficiales permiten apreciar modificaciones externas en sus sistemas de detección. Según el analista militar Zhang Junshe, citado por Global Times, su incorporación a estos ejercicios indica el comienzo del entrenamiento operativo y la adquisición de capacidades iniciales de búsqueda y ataque.
Lo difícil está debajo. Una evaluación oficial del Departamento de Defensa estadounidense permite situar el avance del Y-9 dentro de una brecha que China todavía estaría tratando de cerrar. Su informe de 2024 sostuvo que la Armada china estaba mejorando sus medios antisubmarinos, pero seguía sin alcanzar una capacidad robusta en aguas profundas. En marzo de 2026, el académico Andrew Erickson describió una situación desigual, aunque dejó claro que sus conclusiones eran personales.
Según el experto, China desarrolla una arquitectura de detección por capas dentro de la primera cadena de islas, pero sus capacidades continúan siendo más limitadas más allá de ella. Allí pesan la menor cantidad de sensores desplegados, la limitada aviación de patrulla marítima y las restricciones logísticas. Eso no convierte estas evaluaciones en diagnósticos neutrales: proceden de Estados Unidos, la potencia que intenta conservar su ventaja submarina frente a China.
El siguiente obstáculo. Zhang señala que el mar de China Meridional alcanza en algunas zonas profundidades superiores a los 1.000 metros y presenta unas condiciones más complejas que los mares de China Oriental y Amarillo, lo que dificulta la localización de submarinos. Además, la temperatura, la salinidad, las corrientes y el relieve submarino modifican la propagación del sonido. Eso obliga a conocer el entorno con precisión para interpretar correctamente la información recogida por los sistemas acústicos.
En Xataka Airbus ha hecho una apuesta revolucionaria para su modelo de negocio: fabricar los motores de hidrógeno del futuro Una red, no un solo avión. Pekín no está confiando toda esta tarea al Y-9. Una investigación de Reuters publicada a principios de este año documentó una amplia operación apoyada en buques oceanográficos, cientos de sensores, boyas y conjuntos instalados bajo el agua. Por separado, Erickson describe una arquitectura china que integra medios espaciales, aéreos, costeros, de superficie y submarinos, además de vehículos no tripulados. El nuevo avión representa el componente aéreo y móvil de ese esfuerzo más amplio por conocer y vigilar lo que sucede bajo el mar.
El cambio más visible aparece bajo el morro. Según Zhang, las imágenes muestran lo que parece ser un nuevo radar activo de matriz en fase, con una cobertura más amplia, un barrido mayor y una distancia de detección superior a la versión presentada en 2025. Eso no significa encontrar directamente un submarino sumergido desde el aire, pero sí ampliar la vigilancia marítima y acotar zonas de interés. Cuanto más se reduce el área de búsqueda, más fácil resulta orientar después los sistemas específicamente diseñados para localizar objetivos bajo el agua.
Escuchar y confirmar. Una vez delimitada el área, el Y-9 puede desplegar hasta un centenar de sonoboyas de distintos tipos, alojadas en ambos laterales del fuselaje. Estas forman una red de escucha capaz de cubrir decenas de kilómetros y recoger señales procedentes de objetivos sumergidos. En la cola, lo que parece ser un nuevo detector de anomalías magnéticas busca pequeñas alteraciones asociadas a una gran masa metálica. Su menor tamaño reduciría la interferencia magnética de la propia estructura, facilitaría el mantenimiento y ampliaría la distancia de detección.
Más allá de lo que detecta. El Y-9 apunta a mejorar frente al Y-8 en alcance, radio de combate, peso al despegue y autonomía. En las maniobras, además, las tripulaciones operaron sin guion ni tácticas fijas, con interferencias electromagnéticas, averías simuladas y coordinación con otras unidades, dentro de un entrenamiento destinado a mejorar su capacidad de búsqueda y ataque de día y de noche. Nada de eso vuelve transparente el océano, pero sí muestra dónde está concentrando Pekín sus esfuerzos.
Imágenes | PLA
- La noticia China tiene un punto débil bajo el mar. Su nuevo avión antisubmarino apunta justo ahí fue publicada originalmente en Xataka por Javier Marquez .


